“Durante mi niñez fui la hermanita que acompañaba a mamá a dejar a los entrenamientos de béisbol a mi hermano y después iba a clases de piano, de jazz y un sinfín de actividades cero relacionadas con el deporte. Recuerdo que los fines de semana paseaba con mis amigas (hermanas de los del equipo de mi hermano) por toda la liga y en una ocasión nos invitaron a jugar softbol. Aceptamos las tres, aunque yo no estaba muy convencida. Pero bastó solo un entrenamiento para enamorarme del bate y la pelota. Pasó el tiempo y mi hermano tuvo la oportunidad de ser firmado por los Diablos Rojos del México por lo que comenzamos a ir a algunos juegos del equipo y desde ahí me volví fan al grado de ir a todos y cada uno de los juegos (incluso a otros estados). Y es que no tiene precio el sentir la adrenalina de gritarle al equipo contrario; el sentirte manager de tu propio equipo; el que se te ponga la piel chinita al ver ganar a tu equipo en la novena entrada (porque como dice el gran cronista Agustín Castillo ‘novena sin turbulencia, no es novena’), o el llorar cuando termina la temporada y saber que no verás a tu equipo hasta el próximo año… Tiempo después tuve la gran oportunidad de representar a la Ciudad de México en el primer nacional de béisbol femenil celebrado en Tepatitlán, Jalisco. En dicho torneo quedamos campeonas invictas y al siguiente año subcampeonas. Para mí fue un parteaguas en mi vida beisbolera, pues comencé a creer en mí y en mi potencial. Hoy en día puedo decir que no podría vivir sin mi amada liga de verano con mis Diablos Rojos del México, sin las grandes ligas con mis Gigantes de San Francisco, con mi liga invernal con mis poderosisimos Yaquis y, sobre todo, sin cada una de mis amigas con las que he tenido oportunidad de jugar o enfrentarme. En pocas palabras, no podría vivir sin béisbol.”

-Karen Grisel Rico Sierra-