“Desde mi infancia estuve en diversos deportes. No jugaba béisbol porque cuando iba a los juegos de mi hermano, que sí lo practicaba, casi no entendía nada y me aburría. Sin embargo, cuando llegó mi adolescencia las cosas cambiaron. Fui entendiendo este bello deporte empecé a amarlo. Me encantaba ir los fines de semana al béisbol. Faltaba a reuniones familiares o llegaba con uniformes a la fiesta. Me hice de mucha familia beisbolera, que hasta ahora procuro con mucho gusto. A mis 18 años decidí jugar sóftbol y me gustó tanto o más que el beis. Conocí a amigas y a personas muy especiales en mi vida. Me costó trabajo al inicio, claro, pero pronto yo era la que ayudaba a mis amigas. Mis días eran activos, ya que siempre buscaba clases particulares para mejorar día a día. En un momento me tocó cambiarme de liga y no la pasé muy bien, ya que me hicieron menos. No lo disfrutaba, lloraba, no quería estar ahí. Me tocó un manager que me hizo menos, pero ahora puedo decir que gracias a esa enseñanza soy más fuerte, no me dejo y me aferro a la vida con mis amigos que son como las pelotas de béisbol: dos gajos unidos por 108 costuras”.

-Ana Lizbeth Quezada Robles-